Fue el penúltimo doble filicidio que se registró en la provincia en toda su historia. Terminó transformándose en un caso que tuvo trascendencia a nivel nacional e internacional y que se diferenció de los anteriores porque no hubo un trasfondo de necesidades y miserias. Nadia Giselle Fucilieri, enfermera especializada en obstetricia, mató a sus dos hijos, Marceliano (4) y Pía del Rosario Martínez Fucilieri (2) en el departamento de Santa Fe al 1.800, donde los vecinos aún recuerdan con dolor lo sucedido en el lugar.
El 3 de octubre de 2017, la joven, como lo hacía cada vez que salía, dejó al cuidado de sus tíos a los niños. Supuestamente, se había ido como todos los martes, a realizar las prácticas en un hospital público. En el juicio también se ventiló que había salido por otro motivo: comprar algunos elementos para celebrar el cumpleaños de la pequeña el 10 de octubre. Pero al parecer, hizo otra diligencia: pasó por una farmacia para comprar un bisturí y guantes de látex, los mismos que utilizan los cirujanos para realizar intervenciones quirúrgicas.
Regresó cuando el sol estaba cayendo. Fue a la casa de sus tíos. Allí se produjo un incidente que a nadie le llamó la atención. José Marcelo Sánchez, tío de la joven, lo contó durante el debate oral. “Cuando volví a mi casa estaban los chicos. Pía no quería comer y Nadia la zamarreó. Mi señora le dijo que no hiciera eso. Ella se enojó porque dijo que no le gustaba que la desautorizaran frente a ella. Se enojó y se retiró de la casa. A la noche, le llevamos a los chicos cerca de las 21.30. Nos abrió la puerta y los recibió. Estaba enojada”, declaró. Horas después se desataría la tragedia.
Según la investigación que realizó el fiscal Diego López Ávila, entre las 22 del 3 de octubre y las 8 del día siguiente, en forma premeditada y con la finalidad de causar un sufrimiento extraordinario y tormentoso a su ex pareja, valiéndose de sus habilidades y conocimientos en anatomía humana debido a su formación como técnica superior en obstetricia y enfermería, se colocó un par de guantes de látex en sus manos y tomó un cuchillo quirúrgico marca Surgical Blade para luego dirigirse hacia el dormitorio donde descansaban sus hijos.
“Aprovechando la circunstancia de que sus hijos se encontraban dormidos e indefensos, como así también de su mayor fuerza y tamaño respecto de los mismos, actuando así sobre seguro y sin riesgo para su integridad física, Nadia Giselle Fucillieri, con intención deliberada de provocar la muerte de sus dos hijos menores de edad”, se puede leer en la acusación que le hizo López Ávila. Siempre, según la imputación, que no se publica textual por su fuerte contenido, la joven atacó primero a Marceliano y le produjo un corte en el cuello. Pía, se despertó e intentó escapar, pero no pudo salvarse. La niña, por resistirse a las patadas y a los manotazos, tenía cortes en el tobillo y en las muñecas. También la habría asesinado cortándola en el cuello.
El hallazgo
Sánchez, como lo hacía casi todos los días, se presentó en la vivienda de Santa Fe al 1.800 para llevar al jardincito a Marcelliano. Acompañado por su hija Milagros Romina, golpearon y golpearon para que Fucillieri le abriera la puerta. Sentían ruidos en el interior, por lo que comenzaron a preocuparse. Estuvieron varios minutos hasta que la joven le pasó la llave por debajo de la puerta. La joven ingresó y se encontró con un cuadro espeluznante. Encontró a su prima, con la ropa y las manos llenas de sangre, arrastrándose por el suelo llorando desconsoladamente y a los chicos acostados en las camas. No se atrevió a observar más, directamente, a los gritos llamó a su padre. El hombre ingresó a la pieza y descubrió a los chicos sin vida. También se dieron cuenta que la condenada por doble filicidio tenía lesiones en las muñecas (luego se confirmó que había intentado quitarse la vida). Inmediatamente llamó a la Policía.
En cuestión de minutos la cuadra se transformó en un caos. El tránsito fue cortado por una camioneta y dos motos de la Policía. La noticia de que Nadia había matado a sus hijos corrió rápidamente por el barrio y decenas de personas se trasladaron para tener más detalles de lo que había sucedido. Por orden de López Ávila, la sospechosa fue atendida por personal del 107 y luego trasladada al Padilla. Los profesionales de ese centro asistencial recomendaron llevarla al hospital Obarrio, lo que finalmente sucedió.
El momento más dramático fue cuando llegó Aldo Martínez, el padre de las víctimas. Nunca le hizo caso a su abogada Silvia Furque que no ingresara al domicilio, porque tenía una prohibición de acercamiento. Él había recorrido los casi 100 kilómetros que separan nuestra ciudad con Termas de Río Hondo, lugar donde estaba trabajando, para saber qué era lo que había ocurrido con sus hijos a los que no veía desde hace más de ocho meses. Cuando declaró en el juicio, con una brutal honestidad y dureza, contó lo que había sucedido ese día. “Una chica del 107 me dice que no era bueno que pase y que no me iba a hacer bien. Le digo que era peor. Iba a entrar por la fuerza, había tres policías, los miré y les dije: ‘ninguno de ustedes me va a parar, yo solo quería volver a mis hijos’. Esa chica me abrazó y me dijo: no hay nada más que hacer, sino lo hubiese hecho yo”, declaró y a los segundos se quebró en llantos. Sus lágrimas impactaron a las partes y a la audiencia.
Luego de tomar agua, agregó: “No podía creer lo que había ocurrido. Pensaba que era una pesadilla, pensaba que mis hijos iban a morir conmigo, abrazados, que íbamos a estar viejos y los iba a crecer, todo lo que hacía día a día era en felicidad de ellos. Ellos eran mi motor. Todo lo que soy, soy por ellos”. El padre de las víctimas relató todas las gestiones que hizo para que lo dejaran ver a sus hijos. Después de mucho insistir, le confirmaron que sólo lo podría hacer en la morgue una vez que los forenses terminaran con la autopsia. De allí, según declaró, fue a comprarles la última ropa que les pondría y de allí a la funeraria. “Cuando entré a ese lugar los vi grandes, hermosos. Después de nueve meses sin haberlos vistos, noté un cambio enorme en ellos. ¡Estaban enormes! Nunca me imaginé la forma de cómo habían fallecido. Pensé que esas en realidad eran las huellas de la autopsia”, explicó.
Salvo los jueces, varias de las personas que lo estaban escuchando, comenzaron a sacar los pañuelos para secarse las lágrimas que empezaban a recorrer sus rostros. “Volver a verlos fue maravillo y caótico al mismo tiempo porque no podía despertarlos. Estaba muerto con ellos. No tenía más ganas de nada, quería que se me pare el corazón como el de ellos”, detalló. “Hay cosas que nunca me voy a olvidar. Nunca entré a una comisaría donde todos los hombres de la fuerza lloraban con lo que me había pasado. Pedía perdón porque era lo único que me salía”, concluyó.
La investigación
El fiscal López Ávila fue el responsable de investigar el caso. Junto a su equipo y al de la división Homicidios, al mando de los comisarios Diego Bernachi y Hugo Cabezas, comenzaron a sumar evidencias en contra de Fucilieri. La primera fue hallar la carta que había escrito la sospechosa antes que cometiera el doble crimen. “A vos hijo de mil puta, te hago responsable de cada gota de sangre que correrá de mis hijos...No vas a vivir tranquilo ni vos ni tu familia”, había escrito. También encontraron el arma asesina y el blíster en el que venía embalado. Por último, se recolectó un cabello de la mano de la pequeña restos biológicos de debajo de sus uñas. Fueron comparadas genéticamente y el resultado fue categórico: pertenecían a la madre y demostraban que la niña había peleado por su vida, a pesar de su corta edad.
El investigador no se desesperó. Se tomó todo el tiempo del mundo para definir los pasos procesales que debía tomar. Primero escuchó la opinión de los especialistas en salud mental del Hospital de Clínica Nuestra Señora del Carmen. Esperó dos semanas. Cuando le confirmaron que había sido perfectamente consciente de sus actos y que ya se había recuperado de la crisis emocional que había sufrido, la citó a declarar. Por recomendación de sus abogados, se negó a responder las preguntas después de que le comunicaran oficialmente que había sido acusada formalmente de doble homicidio triplemente agravado por el vínculo, por alevosía y por la finalidad ulterior de causar sufrimiento a su ex pareja. Pidió que se le dictara la preventiva por 24 meses, planteo que fue aceptado por un juez.
En diciembre de 2018 se produjo un quiebre en el proceso. Los jueces Enrique Pedicone, Wendy Kassar y Emilio Páez de la Torre decidieron otorgarle el arresto domiciliario a Fucilieri. Sus defensores Gustavo Morales y Gustavo Díaz Llanes sostuvieron que durante el año en que estuvo privada de su libertad sufrió varios problemas de salud porque no se atendieron sus pedidos. “Hasta perdió una muela por no haber recibido atención odontológica y por el pésimo trato que recibe del Servicio Penitenciario”, dijeron.
Furque, representante de la familia del padre de los niños, se opuso. “Él perdió a sus dos hijos. No los podrá ver nunca más. Eso es mucho más doloroso que perder una muela”, señaló, por lo que Pedicone decidió hacerle un llamado de atención. La profesional pidió disculpas y agregó: “el delito que cometió es muy grave. Además, es peligrosa porque antes de cometer los crímenes amenazó al padre de los chicos. También hay un riesgo procesal de fuga porque no tiene casa, no tiene trabajo y encima podría quitarse la vida”. En la audiencia, no estuvieron presentes los representantes del Ministerio Público Fiscal porque consideraban que este tipo de debates (se aplicaba el espíritu del nuevo código procesal cuando aún no estaba en vigencia) no era legal. “Sólo quiero estar con mi familia para que me apoye”, dijo la imputada.
En marzo de 2019 se realizó otra audiencia. En esta oportunidad sólo se encontraba el juez Pedicone dirigiendo el debate. Los defensores se quejaron porque no se había cumplido con la orden otorgada meses atrás y detallaron que no estaba recibiendo el tratamiento psicológico y psiquiátrico que se había ordenado con anterioridad. Al hacer uso de la palabra, la imputada declaró todos los problemas que tuvo para continuar con sus terapias. “Me encantaría realizar la terapia familiar. Necesito el apoyo y el cariño de mi familia”, señaló. El magistrado que fue destituido este año, ordenó que continuara con el proceso en la casa de sus parientes. Condición que mantuvo hasta que fue enjuiciada.